Hubo un tiempo en el que la cultura corporativa defendía una idea curiosamente medieval: para triunfar había que mortificarse . Las horas de sueño se recortaban como si fueran gastos superfluos, el café sustituía al agua y la silla de oficina se convertía en una especie de trono sedentario desde el que se pretendía conquistar el mundo. La ironía es evidente. Mientras las empresas proclamaban su fe en la innovación, trataban al cuerpo humano como si fuera una máquina de vapor del siglo XIX : combustible barato, mantenimiento mínimo y rendimiento infinito. Pero el cerebro no flota en el aire como un globo ilustrado . Está anclado a un organismo. Respira y se agota con él. Y cuando el cuerpo colapsa, la mente deja de ser brillante y pasa a funcionar como un ordenador con decenas de pestañas abiertas y un ventilador a punto de rendirse. La buena noticia es que optimizar el cuerpo no es una distracción del trabajo, sino una estrategia profesional . La neuroquímica del movimi...